Por Héctor González
El mestizaje de tenues luces y afinadas cuerdas hipnotiza en el salón principal del edificio del Westin, hotel de cinco estrellas que originariamente emergió como fábrica de lanas y que, con su reconversión para alojamiento, despunta por el estilo Art Decó en su interior o por su jardín de ambiente mediterráneo coronado por una fuente de reminiscencias árabes.
Además de acoger a huéspedes ávidos de disfrutar de Valencia o de relajarse en un espacio ubicado junto a la avenida de la Alameda, en uno de los enclaves más exclusivos de la ciudad, alberga conciertos. Entre ellos sobresale el llamado candlelight por llevarse a cabo bajo la iluminación de miles de velas. La enorme lámpara que pende en su salón principal ejerce de testigo oscuro. No refulge. Se mantiene apagada.
Empieza el espectáculo
Las penumbras, alteradas visualmente por el cadencioso movimiento de la llama de las velas, inducen a concentrar toda la atención en el foco que contornea la citada iluminación. En su centro, sobre un escenario generado para la ocasión, reposan cuatro sillas. Al principio se hallan vacías. No obstante, siguen atrayendo las miradas de las personas que llenan el salón para escuchar el concierto.
Un movimiento. Un leve sonido de pisadas. Cuatro figuras femeninas suben, con gracilidad, la escalera que conduce hasta la cima del escenario. Se sientan. Y comienza el espectáculo organizado por la empresa Fever. El pasado día 8 de marzo se trató de un tributo al cantautor Ed Sheeran. Lo protagonizó el Cuarteto de Cuerda Valencia.
Sus, evidentemente, cuatro componentes, todas mujeres ataviadas con tonos negros y naranjas que encajaban a la perfección en la escenografía de velas y sombras, interpretaron piezas tan conocidas de Sheeran como Perfect, Galway Girl o Happier. Cada tres o cuatro, una de las artistas asía el micrófono, se ponía en pie, ofrecía un titular sobre las siguientes interpretaciones y daba un par de pinceladas orales sobre el grupo que conforman.













.jpeg)






























