A lo largo de un lustro tuve, por motivos laborales, la ocasión de visitar con frecuencia Londres y pasearla con detalle. Posteriormente, mis aterrizajes resultaron bastante más esporádicos. Y este año he vuelto después dos décadas sin pisarla.
No obstante, desde que la empiezo a pasear percibo que las sensaciones de hacerlo no han cambiado. Ni la estructura y el rótulo de las calles; el hecho de no tener claro a qué lado mirar al cruzarlas, los elevados precios en los restaurantes o su carácter cosmopolita.
No recordaba tanto el Thames link, el tren que enlaza el aeropuerto de Gatwick con la ciudad y que nos deja en la parada de City -poco después de atravesar el río Támesis- en apenas 40 minutos, por unas 15 libras por adulto. Nos alojamos en un Z hotel, alojamientos de habitaciones pequeñas aunque cómodas y, principalmente, con una relación precio asequible para los parámetros en que se mueve la capital inglesa. Además, si te asocias (la inscripción resulta gratuita), tienes ventajas como alargar el check out a las tres de la tarde.



























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