Estuvo cinco semanas en la ciudad, recién desembarcado de Argel, y dejó su firma como testigo de un juicio. Todavía no era, ni por asomo, el celebérrimo escritor que marcó la literatura mundial con su obra El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha. Llegó a una Valencia bulliciosa, con edificios imponentes y tribunales históricos, efervescente en literatura y con el mayor burdel de Europa.
Lo cuenta la escritora Begoña Valero en su libro 'Un testigo llamado Cervantes', en un crónica que resumo en el artículo El fugaz e intenso paso de Miguel de Cervantes por una Valencia en ebullición.















































