La animada conversación en el trayecto de Blablacar y la sabrosa tortilla de patatas que comí en una discreta cafetería por recomendación de las trabajadoras del mostrador del Museo de Arte Contemporáneo de Alicante (MACA) constituían buenos presagios. En cambio, la escasa señalización por las calles de la capital alicantina y el sofocante calor que ya empezaba a sentirse suponían la antítesis en el batiburrillo de sensaciones previo a cada experiencia de estas características.
En cualquier caso, salí de la Basílica de Santa María, el kilómetro 0 del Camino de la Lana (variante de El Camino de Santiago llamada de este modo por su vinculación histórica con la trashumancia), con el primer cuño estampado y la petición de un buen recorrido. El primer tramo está configurado en la propia ciudad. Durante unos cinco kilómetros la atraviesas desde la calle Mayor, muy cerca de la orilla del Mediterráneo, hacia el interior, por trazados como la avenida de Orihuela o junto al mercado de Benalúa. A esta altura encontré el último local para aprovisionarme de agua. Compré dos litros, que con el tiempo se demostrarían insuficientes.
Pasados la industrial calle de los Cipreses y el cementerio de Nuestra Señora del Remedio, termina el casco urbano y comienza un auténtico secarral. En la primera parte te cruzas con algún camión procedente de las hormigoneras que se asoman en este espacio. También aparecen vertederos, oficiales o ilegales, y casas dispersas. El polvo y la gravilla marcan el camino mientras que la temperatura, ya pasadas las 12 del mediodía, sobrepasa con creces los 30 grados en este día de agosto. No hay sombras.












































