Si la figura de embajador va unida a recepciones, estas últimas necesitan un lugar con encanto donde celebrarse. Jerónimo Vich, embajador de Fernando el Católico y Carlos I en Roma, lo ordenó construir precisamente en su ciudad, en Valencia, y no donde desempeñó su labor durante casi tres lustros. Ese palacio deslumbró a sus convecinos, para después sufrir el deterioro del paso de las centurias y, a principios de este milenio, ver restaurado su patio columnado en el museo de Bellas Artes.
Sobre este tema escribo en el artículo El palacio que deslumbró a Valencia, determinó el nombre de una calle y está restaurado en un museo













































