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jueves, 31 de agosto de 2023

Pinceladas viajeras en las islas británicas (I)


 Una carretera de menos de unos mil metros enlaza Portland con Inglaterra. Este islote reconvertido en península se expande por apenas seis kilómetros de largo y poco más de dos de ancho. Su mayor encanto lo constituyen los cuatro castillos del siglo XIX que protegían este tramo costero y que ahora se ha convertido en reclamo para los visitantes. En lugar de enemigos, en la actualidad los rodean zonas ajardinadas.

Se trata de uno de esos lugares que no visitarías si no fuera por una ocasión muy singular. En este caso, se trata de un recorrido de unas pocas horas que nos permite subir a North Fort por una diminuta playa atiborrada de algas y que ofrece la posibilidad de contemplar desde la ciudad una vertiente del Canal de la Mancha para descender por su bahía principal y adentrarnos en el casco urbano.

Un busto real y una réplica del reloj de Londres presiden sus arterias peatonales principales, aunque su zona de ocio más concurrida se extiende alrededor de su puente levadizo, donde se practica la pesca de cangrejo con red, para depositarlos durante unos minutos en un cubo con agua marina y devolverlos a su hábitat atlántico poco después.

Mientras observas a numerosos niños y adultos realizando este entretenimiento puedes degustar fish and chips que compras para llevar. De forma paralela, las protestas con pancartas se reproducen contra cruceros.

Las islas de Guernsey se convierten en la siguiente etapa. Están ubicadas en un extremo del Canal de la Mancha, más cerca de territorio francés, aunque desde el siglo XI, por cuestiones de guerras monárquicas, forman parte de Inglaterra. Y aunque Francia trató de recuperarlas, apenas pudo hacerlo durante unos años, sobre todo el castillo de Cornet.

El cañonazo y Víctor Hugo

Este último, ubicado al final del Castle Pier o alargado espigón del puerto, tiene sus orígenes en el siglo XIII y atesora una interesante historia por los cambios de dominio en diferentes guerras. Incluso fue ocupado por la Alemania nazi hasta la liberación de Francia. A las 12 de cada día su cañón principal hace un disparo que recuerda la longeva trayectoria de esta fortaleza.

Desde la casa donde vivió su exilio el escritor Víctor Hugo puede escucharse con nitidez. Rompe la tranquilidad de la paz que se vive en su coqueto jardín. Todavía recuerdan el cariño con que trataba a sus nuevos conciudadanos.



El día lluvioso y frío no da pie a grandes paseos, aunque permite transitar con rapidez por sus calles adoquinadas, visitar la iglesia protestante dedicada a su patrón, Saint Peter, de imponentes vidrieras, tomar un chocolate caliente y recorrer su bahía. No hay tiempo para mucho más, aunque la idea de subir a los autobuses 91 o 92 que circunvalan esta isla resulta apetecible.

También supondría un atractivo trasladarse a alguno de los islotes cercanos, mucho más tranquilos si cabe en este territorio que goza de un estatus específico, con parlamento y moneda propias, exenciones fiscales y entidades bancarias por doquier. No hay tiempo para tanto debido a la brevedad de la visita. En cualquier caso, permite saber de la existencia y, principalmente, de la singularidad de Guernsey.

 Cork y Cobh

Cork es la vieja conocida, y Cobh, la grata sorpresa. De la primera no hace falta destacar que emerge como la tercera ciudad de Irlanda, para lo que le basta superar por no mucho los cien mil habitantes. El trazado del río Lee la divide y, a la vez, le da más vida. Visitamos el English Market, que hace las veces de mercado minorista y, al mismo tiempo, de escaparate de productos locales y de buen punto para disfrutarlos.



Desde allí vamos al Fuerte Elizabeth, con su recreación soldadesca y su refugio antibombas de la Segunda Guerra Mundial, para acercarnos, acto seguido, a la cercana y monumental catedral. Los siete euros de entrada retraen a la mayor parte de visitantes. Sinceramente, pienso que con aplicar una tarifa de dos euros proporcionalmente obtendrían más beneficios y convertirían muchos monumentos en bastante más visitados.

Desde allí un recorrido por el casco antiguo, en la orilla contraria del río Lee donde nos hallamos, para pasar por delante del célebre museo de mantequilla y desplazarnos hacia la estación de tren con el fin de trasladarnos a la bahía de Cobh.

Esta última sorprende por el contraste de colores de sus casas, al estilo de ciudades de renombre turístico europeas como Bergen o de Gante en esa perspectiva en hilera. Se trata de un municipio muy animado, con su museo de la emigración irlandesa y su recordatorio de la hambruna y de los numerosos autóctonos que hubieron de buscar su sustento en Estados Unidos.

Tiempos recios que aquí se recuerdan con una mezcla de orgullo por la casta demostrada y de temor por la dureza de lo experimentado por sus antepasados. Lo mismo sucede con el Titanic, al que subieron más de un centenar de vecinos del municipio y sobrevivieron al naufragio 43.

Los numerosos pubs junto al estuario y frente a otros islotes de este entrante del Atlántico animan a pasear por la localidad que destaca desde la distancia por su imponente catedral. Construida en el siglo XIX, resulta tan monumental por fuera como por dentro, con sus espectaculares vidrieras.

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