A las seis de la mañana un inmenso haz de luz invade la habitación. El día refulge. Habíamos llegado a las 12 de la noche al concurrido aeropuerto de Tirana y, tras subir a un taxi que nos esperaba, nos habíamos desplazado media hora desde el extrarradio de la ciudad hasta el centro, donde se ubica nuestro hotel. La primera impresión nocturna de un lugar por descubrir, con la mente algo cansada, nunca suele responder a la realidad.
Después de desayunar -comprobamos ya por la mañana el gusto compartido con Grecia de aceitunas, queso feta o verduras asadas- nos dirigimos a la cercana y enorme plaza de Skanderbeg, con la estatua ecuestre del héroe albanés y oteamos los edificios de singular arquitectura -con forma de rostros uno, otro con un gran cubo sobre otro un segundo y así un largo etcétera de sorpresas-.
Vemos fluir la vida en Tirana, una ciudad cada vez más
cosmopolita y turística que trata de preservar su esencia y sus creencias, como
lo demuestra tanto en su histórica y recoleta mezquita del siglo XVIII como en
la grande inaugurada el pasado año. Otro calificativo también para la urbe
sería el de universitaria, ya que aumenta su población en unos 300.000
habitantes en invierno para alojar a los estudiantes que cursan múltiples
estudios en una metrópoli que por si misma, y sin ese remanente, ya se acerca
al millón de habitantes.













