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miércoles, 15 de noviembre de 2017

Sobre el deterioro del metro de Valencia

Esta semana conmemoramos el 2080 aniversario de la celebérrima primera catilinaria. En el 63 A.C. Marco Tulio Cicerón inició su exhortación ante el Senado romano pronunciando aquella frase que brilla con fulgor propio en los anales de la historia. Quo usque tandem abutere, Catilina, patientia nostra?, lanzó la pregunta retórica que abofeteó al empedernido conspirador Lucio Sergio Catilina.
En homenaje al polifacético escritor, jurista, filósofo y orador de Arpino la recupero para dirigirla a Metrovalencia, la marca comercial bajo la que la empresa pública Ferrocarrils de la Generalitat Valenciana (FGV) opera en Valencia y su periferia. Cada día decenas de miles de usuarios se ven sometidos a los vaivenes y desavenencias de una huelga que parece no tener fin y, lo que resulta más lamentable, con las dos partes enrocadas. La consecuencia más inmediata consiste en que los usuarios ya no saben a qué hora pasará el metro. Ni si llegarán a tiempo o no a su lugar de trabajo, a llevar a su hija al colegio, a la consulta del médico o a dónde sea. 

El conflicto lleva meses enquistado y los sindicatos ya han anunciado la prolongación de paros hasta enero. Las protestas, que resultan casi diarias en horas punta, se recrudecen sistemáticamente, como el pasado lunes 6, con la huelga de 24 horas. Por las declaraciones de ambas partes, ninguna tiene prisa en solventar la pugna. La única información que llega al usuario, principal damnificado, consiste en la cantinela que puede escuchar de cuando en cuando en la megafonía de algunas estaciones anunciando el paro cotidiano. No le informan de los motivos ni de las posibilidades de solución.

Ni María José Salvador, consellera de Vertebración del Territorio y responsable última de FGV, explica la situación ni la oposición aprieta exigiendo medidas contundentes. Tampoco se siente apremiado el presidente de la Generalitat, Ximo Puig, a mediar, como sí hizo con el desencuentro de la consellera de Sanidad con el IVO, para desautorizar a su subalterna de turno y ofrecer soluciones.
No lo hacen, además de por la negligencia de rehusar el problema, porque no sufren la presión de una cascada informativa en los medios de comunicación. Los paros de septiembre en Metro de Madrid se convirtieron, a las pocas horas, en noticia nacional. Los periodistas madrileños sufrieron en propias carnes la protesta y la trasladaron a sus respectivos soportes informativos.
Esta circunstancia provocó que las autoridades autonómicas se implicaran de lleno en buscar una solución, al contrario de lo que está ocurriendo en la Comunidad Valenciana. El hecho de que la huelga se extienda a los tranvías de Alicante y Valencia tampoco parece alterar ni a María José Salvador ni a Ximo Puig.
Por otra parte, las protestas en FGV contribuyen a devaluar más un servicio que ha sufrido un deterioro considerable en los últimos años. Ni siquiera el anuncio esta semana de un incremento de potencia de conexión de internet palía la realidad de que la mayor parte de estaciones ofrezca la sensación de abandono. Hace ya tiempo que resulta difícil encontrar –salvo en alguna entrada de paradas céntricas como Ángel Guimerá o Xàtiva- personal en las taquillas para expedir billetes o, simplemente, para informar.
Las oficinas de atención al cliente han quedado reducidas a la estación de Colón, Xàtiva y poco más. Los visitantes o locales no iniciados no tienen a quién preguntar sobre la tarjeta Móbilis, el documento necesario para viajar si se pretende evitar que el billete ordinario duplique o triplique el precio que marca con la citada Móbilis. Por otra parte, esa tarjeta se deteriora con facilidad y no abundan los puntos donde reemplazarla.
El servicio de seguridad desapareció también hace tiempo de recintos cada vez más solitarios. Y ya no me refiero a paradas de extrarradio como Machado o 9 d´Octubre. La situación se agrava en estaciones inmensas como Alameda, con ascensores continuamente estropeados y sucios, y aperturas de tornos forzadas por usuarios que no pagan y, en ocasiones, cometen destrozos con total impunidad. La vigilancia se limita a recorridos esporádicos en los vagones.
El desamparo para la ciudadanía se incrementa progresivamente. Estaciones desangeladas, sin operarios ni seguridad en la inmensa mayoría de los casos, con la limpieza justa y con un encanto relativo que el paso del tiempo y el abandono han ido marchitando, conforman la estética de Metrovalencia.
En este contexto, la huelga ha demacrado el servicio que mejor funcionaba, el transporte en sí. Ya no se sabe cuándo pasará el siguiente metro ni si habrá hueco disponible, pues a determinadas horas algunos convoyes parece que discurran por estaciones londinenses como la de King Cross St Pancras más que por Facultats de lo abarrotados que van.
El hecho de que muchos usuarios viajen enfrascados en sus teléfonos móviles no significa que no se enteren o que no sufran el deterioro de un servicio del que presumía Valencia cuando nació, en 1988, y que se ha quedado anclado en proyectos de ampliación mientras degenera día a día. La huelga únicamente es la punta del iceberg.  

Columna de opinión publicada en Es diario Comunidad Valenciana (12-11-2017)


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