miércoles, 1 de abril de 2026

El restaurante con huerta junto a las dunas de Pinedo

Quina maravella. La exclamación podría surgir de manera espontánea, en valenciano, al contemplar la puesta de sol mediterránea en alguna pedanía del sur de la ciudad de Valencia. Quizás en El Saler, con sus playas y el imponente lago de la Albufera como enseñas; en El Palmar, ese islote pescador emblema de sosiego y comida dominical, o en Pinedo, rodeado por su huerta.

Precisamente en este último lugar -a 15 minutos en coche del centro metropolitano- emerge un restaurante que muestra en su rótulo, tal cual, esa denominación: Maravella. Conjuga en su nomenclatura la idea de mar y la de maravilla. Incluso con la ‘avella’ de avellana que bien podría evocar frutos secos de los que cultivaban antaño en su entorno.

Más allá de una singularidad de este espacio gastronómico podría enumerarse una conjunción de diferentes. La primera consistiría en la disposición de su propia ‘despensa’ natural, con una extensión de cultivo propio de cinco hectáreas, de la que se encarga su agricultor específico, Voro. En épocas como la habitual brotan las últimas alcachofas de temporada, patata de Pinedo (con su propia textura salinizada), habas para desenvainar e ingerir crudas, o coles diversas, como la que suma a este sustantivo el de zanahoria y se sirve laminada en carpaccio.

Este huerto nutre la carta del restaurante, que vira en función de los productos de cada temporada. Desde allí los trasladan para sus elaboraciones a su cocina de 600 metros, en la que, además de confeccionar los platos que ofrecen en su arrocería, preparan pedidos para su catering. Maravella forma parte de la coalición culinaria-empresarial de los grupos El Alto y Groovelives Team. De hecho, se trata de su última creación, la que ha abierto al público este 2026.

La primera singularidad mezclaría su ubicación, a 50 metros de las dunas que encaran la playa de Pinedo -en un interludio geográfico se halla el citado huerto propio-, y en una recreación de alquería de arquitectura autóctona que ya vivió momentos de fulgor pretéritos y totalmente remodelada recientemente. Alcanzó su cima con otro restaurante, Marrasquino, y se sitúa colindante con una discoteca inasequible al paso del tiempo, Spook. Con ella mantiene una especial sinergia, ya que deriva el restaurante clientes para fiestas privadas en su ático.

Más singularidades… El arroz. Este último, en plato, constituye más un emblema que una excepción en Valencia y su entorno. No obstante, lo que no abunda es su utilización para revestir paredes o para confeccionar arpas simuladas.

Desde luego, lo ofrece emplatado o en el propio recipiente de paella en mesa, como tantas familias prefieren degustarlo, a cucharadas, en domingos compartidos. Antes, a modo de prolegómeno, de aperitivo, llegan, casi de oficio, a la mesa almendras fritas en su cocina y aceitunas sabrosas y dulzonas Hechizos del Sur. Luego, torta de pan caliente con aceite de oliva y pimentón.

Más peculiaridades… Botellas acristaladas de agua con la denominación del local estampada y, dibujado, una especie de árbol de la vida, que explica la esencia del lugar, con su empleo de verduras de su propia tierra, o el nombre propio de cada profesional con una placa en su camisa para identificarlos. Como Monse, la atenta camarera, o Alex, el especialista en cócteles que también basa su preparación en hierbabuena, cítricos u otras frutas y verduras de temporada.

O José Luis David, el jefe de sala de un restaurante que cuenta con una plantilla de 21 profesionales, sin sumar los colaboradores externos. Este elocuente portavoz del establecimiento atesora, en su currículum, una larga trayectoria en el Oceanogràfic, el conglomerado Veles e Vents o Nou Racó. El mestizaje de su experiencia lo aporta a este nuevo proyecto, que apenas alcanza el trimestre de apertura.

Además de arroces, Maravella introduce platos de autor que ha convertido en seña del lugar, como el puerro (tallado a una veintena de metros), con parmesano, salsa romescu, aceite de trufa o bacon. O la croqueta de quisquilla, con la cabeza del marisco de escolta en el plato para rebañar la salsa de kimchi que ejerce de base. Mientras el comensal degusta, Javier, el sumiller, se acerca con el fin de ofrecer un vino que encaje con cada plato.

A las 15,30 horas, con los postres (quizás el también singular tiramisú), empieza la música en directo, en la sala principal, el epicentro de un espacio de alrededor de 5000 metros que engloba todo el complejo.

No se trata del único, ya que Maravella se caracteriza también -como singularidad añadida- por disponer de recovecos, como sus espacios privados para concurrir una decena de comensales, sus mesas separadas en los laterales o su enorme terraza, diseñada para comer bajo los rayos del sol e igualmente disfrutar del tardeo posterior. Incluso con barra propia para regarlo. Así se llega al atardecer en un estado de letargo alegre, de emociones embriagadoras mediterráneas.

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