viernes, 10 de abril de 2026

Por el Cabo de Gata-Níjar (Almería) II: Rodalquilar, Mónsul, Níjar... y el faro

Segundo amanecer almeriense. Esta vez decido preguntar rutas senderistas a la propietaria del alojamiento y del bar, Lola, y me anima a dirigirme hacia Los Albaricoques. La senda discurre por carretera comarcal, con escasa vegetación y sin demasiado contraste en el paisaje. Ando en dirección al cortijo de El Fraile y llego hasta el de Tenada. Hora y media larga entre ida y vuelta que me sirve para calibrar mejor el entorno agreste y algo monocromático, en el que resplandecen las viviendas blancas sin alturas de Fernán Pérez.

Desayuno de sabrosa tostada de jamón con tomate y aceite, sentados en mesa al agradable sol en la plaza de la pedanía, tomada por las mesas del bar, y carretera con tranquilidad, a ritmo local, en dirección a Rodalquilar. Esta también pedanía de Níjar llama la atención por su proliferación de tiendas y locales de restauración con cierto aire hippy, su poblado jardín botánico y, sobre todo, su antigua mina, al final del término, y completamente abandonada, de la que extraían oro. De ella quedan principalmente unas enormes tolvas, herencia del proceso que desarrollaban con grandes cantidades de agua.

Su parte costera se llama El Playazo (por su mayor tamaño comparado con otras calas), de acceso por pista de tierra, con una fortificación -la batería de San Ramón-, ubicada a unas decenas de metros de la arena, y otra -la Torre los Alumbres- semiderruida, unos 400 metros antes de llegar.

Desde allí nos dirigimos hacia la Isleta del Moro, topónimo que procede de su pasado como refugio de piratas berberiscos, y que destaca por un enorme peñasco que resquebraja su playa. En sus alrededores, un extenso aparcamiento montaña a través y numerosos bares en sus escasas calles en las que no habitan ni 200 personas.

En días festivos como el actual, recién iniciada la primavera, el número de visitantes multiplicará posiblemente por cinco esa cifra. Esta circunstancia provoca que La Ola, el local donde pensábamos comer, se encuentre lleno, y que tengamos que hacer méritos para encontrar mesa en otro establecimiento. Tardan en servir. No hay prisa. Nos embriagamos del ambiente de la provincia. Comemos a las cuatro una especie de caldereta de pescado, con Gallo.

Rematamos la degustación gastronómica en la localidad de San José con un helado después de esperar una larga aunque rápida cola. Su fama le precede. Después, camino por el paseo marítimo y regreso al coche para seguir la ruta. En pantalón y manga corta.

La siguiente etapa la constituye la playa de los Genoveses, siempre dentro del Parque Natural del Cabo de Gata-Níjar. Se extiende a lo largo de un kilómetro y se distingue por su enorme duna, por su amplia protección paisajística y por el hecho de que, al igual que el resto de espacio apto para baño del litoral, exige aparcar a cierta distancia. En verano resulta obligatorio desplazarse con un autobús lanzadera debido a la proliferación de visitantes.

Muy cerca se sitúa la playa de Mónsul, conocida por el rodaje de una escena de la tercera entrega de Indiana Jones, con Sean Connery realizando una curiosa prueba con su paraguas. Esta cala, protegida por salientes como la anterior y por vallas de madera con el fin de evitar la flora de su entorno, resalta por contar con un peñasco con forma de sapo (estas proyecciones mentales siempre resultan subjetivas) al que se trepa desde la misma orilla. Por ello y por el sosiego y transparencia del agua marina.

Con esas visitas playeras se nos va el día. El sol ya se está escondiendo y la gélida brisa comienza a arreciar. Acaba la jornada con regreso a nuestra base. Por el camino, ni gasolineras ni, como nos explica Javier, cicerone en parte de este día, apenas cajeros. La dificultad, o la suerte para evitar el turismo de masas, del Cabo de Gata consiste en el relativo aislamiento de sus espacios con más encanto.

En el penúltimo día nos dirigimos a la capital que da nombre a este municipio de alrededor de 600 kilómetros de extensión repleto de pedanías, a Níjar. Lo hacemos después de un paseo -en este caso por la carretera de Agua Amarga, donde entablo conversación con un simpático pastor que transita con sus ovejas- y el ya clásico desayuno de tostada con jamón y tomate.

Níjar nos sorprende por el acicalamiento de su casco antiguo, el que discurre desde la calle de los Artesanos hasta la Atalaya, con la bonita iglesia parroquial de la Anunciación, en la que sobresale su artesonado de madera, la solemne imaginaria y el llamativo retablo.

Paseamos por sus sinuosas callejuelas, pasamos bajo El Portillo, con sus macetas ornamentales, y transitamos por una localidad que la visitamos en pleno recogimiento, superado el apogeo de Semana Santa. Con los bares cerrados y un poderoso sol primaveral que induce a no separarse de la sombra.

Por la tarde, después de disfrutar del sol de la plaza de Fernán Pérez tapita en mano, nos dirigimos a la localidad de Cabo de Gata, a la que da nombre a todo, y, más en concreto, la superamos, pasamos por la playa de la Almadraba con su iglesia que emerge como un islote en un mar de arena frente al de agua, y ascendemos hasta el faro, el símbolo del cabo.

No se puede subir hasta la cúspide, pero sí asomarse al acantilado y contemplar los temibles arrecifes de Las Sirenas, llamados así por la colonia de foca monje que la poblaba y cuyo sonido lo asimilaron los marineros al de los míticos personajes que atronaban los oídos del homérico Ulises y de su tripulación en la Odisea. La panorámica impone, con los restos del castillo de San Francisco de Paula como base del faro y el morrón o peñasco del cabo a continuación, más abajo.

Desde allí nos dirigimos a El Islote del Moro a tratar de ver la puesta del sol. El problema consiste en que desde este lado apenas se aprecia. No obstante, la parada nos permite pasear por la denominada también en la zona ‘la Satorini (por el tono volcánico de sus rocas) almeriense’, en calma y sin el ajetreo del día anterior. Por su atractivo resulta fácil imaginar por qué ha sido escogida para numerosos rodajes.

Antes de retornar a la base nos tomamos una tapa en Rodalquilar, otra pedanía de Níjar con encanto propio mucho más allá del hecho histórico y comercial de disponer de una fructífera mina. Y así -y con una última tapa en el bar pegado a nuestro alojamiento- cerramos la jornada.

Viaje de regreso, aunque antes nos permitimos la última parada: Agua Amarga, entre la Cala de Enmedio, la Playa de los Muertos y Carboneras. Otra pedanía más de Níjar aunque, como cada una, con su propio encanto. Las casas encaladas no sorprenden porque forman parte de la idiosincrasia de cada núcleo del parque natural.

No obstante, sentarte ante la coqueta cala, en una cafetería con las mesas situadas en un saliente sobre la arena, y desayunar te permite marcharte con el regusto de la esencia del Cabo de Gata-Níjar un espacio de contrastes naturales, con su litoral protegido, sus pequeños núcleos urbanos, sus sinuosas carreteras al poco de alejarte del mar y sus panorámicas limpias, sin apenas alteraciones de la naturaleza.

Puedes leer la crónica también en www.soloqueremosviajar.com pinchando este enlace

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