El continuo goteo de correos electrónicos de FIFA y el grupo
de whatsapp de la Real Federación Española de Fútbol nos habían llevado a la
cita de aquel encuentro tres horas antes del partido, frente a la llamada ‘bota
dorada’, una escultura enorme con esa representación ubicada a unos 500 metros
del AT@T Stadium de Arlington, a escasos kilómetros de Dallas.
Habían transcurrido más de cinco meses desde que adquirimos
aquellas entradas de octavos de final del Mundial -las únicas que conseguimos
en el sorteo de FIFA- condicionadas a que España jugara esa eliminatoria. Y estábamos
en la enorme ciudad de Texas para animar a la selección español. Habíamos
volado hasta allí el día anterior, el 5 de julio, en un avión de Frontier desde
Fort Lauderdale, en Florida, donde tenemos nuestra base.
Y ese encuentro de aficionados lo había convocado la RFEF a
las 11 horas para henchirnos de ánimo y para realizar una ‘parade’ o cabalgata
juntos hacia el estadio. Desde la organización nos recibieron con botellas de
agua fresca que se agradecían a más de 30 grados y con banderas nacionales.