El recorrido por la provincia de Huelva comienza en Moguer, la localidad en la que comprobaremos, prácticamente desde el mismo momento en que bajamos del coche, que el Nobel de Literatura Juan Ramón Jiménez es el hijo pródigo y su legado está presente casi en cada esquina. Junto al monasterio de Santa Clara, en uno de sus laterales, emerge la tranquila estampa de una reproducción del célebre burrito Platero en hojalata. Nos cruzaremos con unas cuantas más.
Por desgracia no podemos entrar el citado monasterio, uno de
los edificios más imponentes de esta población de algo más de 20.000
habitantes, ya que celebran un evento en su interior y lo han cerrado al
público. Por tanto, vamos directamente al siguiente hito: la casa museo del
escritor, que no la natalicia. En la que visitamos permanecen los recuerdos de
la vida y obra del autor de Platero y yo; en la que nació, por lo que nos
informan en la oficina de turismo, ofrecen más el contexto económico.
Mientras nos acercamos los versos del poeta despuntan en
elegantes placas en diferentes tramos urbanos. Nos guían hasta su hogar. Allí
cuesta que nos abran la puerta. La persona encargada de los visitantes
permanece en un despacho interior y solamente acude a abrir si insistes
pulsando el timbre. Pronto comprobamos que en Huelva, a poco que cada núcleo
familiar lo componga un mínimo de tres personas, siempre compensa sacar la
entrada familiar.
La casa museo muestra, en diferentes estancias, los avatares
de la existencia vital y literaria de Juan Ramón Jiménez y su inseparable
esposa Zenobia. Podemos contemplar sus aposentos, su enorme colección de
publicaciones, leer sus periplos por países como Estados Unidos o Cuba y sentir
su orgullo al recibir el Nobel ya en la etapa final de su vida. Moguer rinde un
precioso tributo a su ciudadano más universal que ayuda a admirar su figura.


























