En el tercer día no subiremos de -0,5 grados ni en los minutos de apogeo diurno en los que el sol amaga con salir pero únicamente se asoma. Nos lo tomamos con tranquilidad después del trayecto más intenso de ayer.
En nuestra barriada, Waldum, apenas existe un horno
cafetería en el que la única mesa aparentemente disponible está reservada, por
lo que nos encaminamos en ayunas hacia nuestro primer pueblo de destino:
Sasbachwalden, afamado por su ruta de bodegas y viñedos. Por desgracia, sobre
los campos de cultivo reposa una capa blanca que les resta posibilidades de caminata
y les proporciona una tonalidad menos parecida a la de las uvas que de ellos
germinan.
Nos conformamos con dar un breve y frío paseo y disfrutar de un desayuno en una panadería menos llena, donde coincidimos con dos parejas de españoles, cada cual con su propio itinerario. En esta época del año nos cruzamos con numerosos compatriotas que también andan visitando estas tierras.
Gengenbach
Desde Sasbachwalden nos subimos a nuestro Volswagen Polo
negro de alquiler y nos desplazamos media hora larga para llegar a la localidad
de Gengenbach, preciosa por su casco histórico de origen medieval, aunque
parcialmente reconstruido tras el devastador incendio que sufrió el siglo
pasado.
Personalmente me impresiona el torreón de la puerta de Kinzig por su estructura rectangular con una cúspide duplicada y, sobre todo, por preservar un rastrillo defensivo de dos toneladas de peso. Una vez atravesada torcemos a la izquierda con el fin de circunvalar el centro y adentrarnos en su abadía, con el jardín de hierbas curativas (aunque en esta gélida época no se perciban ni sus aromas ni colores) y la torre del prelado como algunos puntos relevantes.
Desde allí nos movemos hacia la denominada Torre Superior, opacada por obras de restauración, giramos hacia la llamada ‘De los suecos’ y, después, paseamos por Engelgasse y sus casonas con una puerta inferior de acceso directo a sus propias bodegas. La población constituye un pequeño tesoro que puede disfrutarse con tranquilidad, sin masificación. Quizás porque aunque las casetas del mercado navideño todavía permanecen sobre el asfalto, están completamente cerradas al haber finalizado ya la época de venta. O puede que porque no alcance la fama de otros lugares.Otra vez en el vehículo, con la calefacción de los asientos
activada para recuperar sensaciones, conducimos hasta la siguiente etapa: Zell
am Harmerbach, una espigada localidad en la que lo más sobresaliente radica en
la contemplación de la Torre de las Cigüeñas, con alrededor de 700 años de
antigüedad, más de un centenar de escalones y sus múltiples vertientes
prácticas a lo largo de los años que le han hecho pasar de prisión a museo.
Preguntamos en la oficina de turismo -de nuevo nos topamos con que más allá de alemán apenas nos hablan en un inglés rudimentario, quizás porque estamos en una zona en la que prima el turista local- sobre dónde comer. Pasan unos minutos de las dos de la tarde y la respuesta se complica. No obstante, nos remiten, previa llamada para asegurarse, al restaurante de un hotel situado en las afueras. Allí degustamos sopa, zumo de manzana y ensalada de salchicha por unos 20 euros cada uno de media.
La luz de la tarde ya declina a las cuatro y la niebla
comienza a invadir los aledaños de la carretera cuando enfilamos hacia Achern.
No nos convence para parar esta ciudad más de servicios y tiendas, por lo que
continuamos recto hacia nuestro alojamiento. Luego ya saldremos a cenar, aunque
antes de acomodarnos damos un paseo y entramos en una enoteca para adquirir una
botella de vino del terreno. Lo hacemos minutos antes del cierre vespertino
previsto del local, las 17,30 horas.




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