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domingo, 4 de enero de 2026

Por Alsacia y Selva Negra (I): mercados navideños

 Como aficionado del Valencia CF que vio la peor derrota de la historia reciente europea del club in situ (7-0), Karlsruhe me trae nefastos recuerdos. No obstante, eso no resulta óbice para darle una segunda oportunidad, la turística, y hacer el recorrido más placentero y rápido, ya que en lugar de viajar en autobús durante 23 horas me desplazo en avión, también desde Valencia, y aterrizo 125 minutos después.

Pese a estar Alemania dentro de la denominada zona Schengen, al aterrizar en el aeropuerto de Baden Baden-Karlsruhe y tratar de salir por la puerta tenemos que pasar un control de documentación que provoca una acumulación mayor al retraso que ya llevábamos por la salida tardía del vuelo.

Fuera, en una esquina de la terminal, nos espera guarecido en su coche el propietario de la vivienda que hemos reservado esta noche cerca del aeropuerto. El hecho de aterrizar en sábado y que las casas de alquiler de vehículos cierren ese día a las 18,30 mientras nuestro vuelo tocaba tierra pasadas las 21 horas nos obligaba a buscar alojamiento cerca del lugar.

Nos quedamos en el sótano de la vivienda habilitado como espacio turístico. Nos sirve como habitáculo efímero para una noche.

Al día siguiente, ya en domingo, paseo la media hora larga que nos separa del aeropuerto. El día es luminoso, aunque la temperatura, a esa hora, ronda el grado sobre cero. Retiro el coche en la compañía Europcar con más lentitud de la prevista en este aeropuerto de reducidas dimensiones y servicios.

Empezamos nuestra ruta. Traspasamos la frontera francesa y nos sumergimos en la autopista con destino final París (501 kilómetros) y la más cercana Estrasburgo. Después, ya en Alsacia, viramos hacia el sur para llegar a nuestra primera meta, Kayserberg. Para nuestra tristeza, el mercado navideño ya está cerrado. En cualquier caso, después de aparcar -una operación que resulta complicada en estas localidades turísticas- disfrutamos del encanto de sus calles.

Caminar por ellas provoca que broten automáticamente de tu interior villancicos. O en mi caso así resulta. Trasladan a las típicas imágenes de películas ambientadas en esta época, de viviendas con tejados triangulares, de madera, ornamentadas con gusto y con un esmero admirable.

Ingiero un bocadillo de perrito caliente ‘alsaciano´, con salchicha blanquecina y abrazado en pan de baguette y, después de transitar por sus calles, subimos hasta su castillo, lo que supone unos diez minutos de esforzada aunque no demasiado exigente caminata. Impresiona el tamaño de la torre homenaje comparada con las almenas y el resto del entorno fortificado.

La siguiente etapa la constituye Eguisheim, a una media hora de distancia. El casco urbano supera en tamaño al de Kayserberg, y el volumen de visitantes, también. Las calles de este municipio que se encuentra entre los inspiradores de la decoración de la película La Bella y la Bestia evocan, efectivamente, lo que podría considerarse estética de cuenta de hadas.

Las enormes casonas, el empedrado de las vías urbanas, las casetas de madera (aquí sí que las hay) que ofrecen vino o chocolate caliente… todo el entorno invita a la observación. Y, desde luego, la decoración de cada fachada, de sus ventanas, el viento gélido que empieza a azotar nuestros rostros… el conjunto recrea a la perfección el ambiente buscado.

Se acerca el anochecer y apenas son las cuatro de la tarde. Nos dirigimos hacia Colmar, que atesora uno de los mercados navideños más renombrados en los últimos años. Aquí ya pasamos a otra dimensión. Aparcamos junto a la estación de tren, a un kilómetro aproximadamente del apogeo de puestos de venta instalados por esta época del año. Vale la pena marcar esta distancia, porque el centro se halla abarrotado e imposible de estacionar el vehículo en esta población alsaciana de alrededor de 70.000 habitantes.

La vorágine de visitantes te arrastra entre los puestos de venta de todo tipo de artículos, desde alimenticios hasta de joyería o juegos de mesa fraguados con madera. Apenas puedes moverte. No obstante, sí consigues elevar tu vista hacia las fachadas repletas de motivos navideños o tratar de encontrar un hueco para asomarte al puente del canal, en el espacio denominado Pequeña Venecia.

No estamos demasiado tiempo. Nos espera un viaje, ya de noche, de hora y media hasta nuestro alojamiento en la pequeña localidad de Kappelrodeck, más allá de Baden Baden, en la Selva Negra. La mitad discurre por carreteras comarcales francesas, y la segunda parte, por autovía alemana.

Así llegamos a nuestro alojamiento para los próximos días: un pequeño hotel a la salida de un pueblo montañoso. Cenamos en el casco urbano (aunque sean poco más de 20 minutos a pie lo que nos costaría llegar, el menos cero que marca el termómetro nos convence para ir en coche) el típico schnitzel o filete empanado (en este caso de pollo) en un animado local oriundo. Y de esta forma damos por finiquitada la jornada.

Puedes leer también mi crónica en Tragourmet.com pinchando este enlace

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