Día urbano. En este caso para desplazarse a la ciudad
francesa de Estrasburgo. Francesa por poco, porque la separa el puente sobre el
Rín de Alemania. La capital alsaciana -y oficialmente también de la Navidad- se
halla pegada literalmente al país vecino de Francia por el centroeste. Si a eso
sumamos el constante cambio de ‘propiedad’ de esta región entre los dos grandes
colosos nacionales, resulta fácil comprender su mezcolanza y su carácter
ambivalente.
En cualquier caso, un día más lo que prima y condiciona es el frío invernal. A eso se suma, en esta primera jornada del año, que cuando llegamos, como suele ocurrir en esa fecha señalada, se encuentra la inmensa mayoría de locales y atracciones cerrados. En la oficina de turismo nos dan como únicas opciones la entrada libre a la catedral (que haremos, sobre todo teniendo en cuenta su monumentalidad) y los recorridos en trenecito y barquito por una nueva Pequeña Venecia, como las que ya hemos visto en Colmar y Friburgo. Estas dos últimas alternativas las descartamos.
De hecho, y dado el frío invernal -seguimos entre 0 y -2-,
entramos en un restaurante a probar algún producto típico y a saciar el hambre
de no haber podido desayunar por estar los hornos, lógicamente en 1 de enero,
cerrados. Apuesto por un escalope, confiando en la tradición de la zona, aunque
sin mucho éxito en un restaurante llamado Embassade, en el que destaca sobre
todo la atención de los camareros.
Disfruto más del vaso de vino caliente, primero, por
abrazarlo con mis manos y transmitirme por esa vía su calor y, segundo, por su
sabor dulzón. Comemos y planificamos.
Desde allí nos dirigimos al edificio de la Catedral para
situarnos bajo su enorme rosetón. Allí nos ha convocado Jonathan con el
objetivo de guiarnos en la visita que ha planificado y que, por cierto, destaca
por la singularidad con la que la amenizará, con canciones musicales
intercaladas para acompañar cada escena y lugar y con su original forma de
enlazar acontecimientos históricos.
La imponente fachada de la catedral, un edificio iniciado en
1015 y concluido unos 400 años después con ampliaciones continuas, habla por si
misma, con su tonalidad de arenisca roja, sus múltiples gárgolas y figuras con
diferente simbolismo, con su torre de 333 escalones o con los incontables
detalles que la definen como la más visitada de Francia junto a Notre-Dame de
París.
Nos vamos desplazando para contemplar su antiguo palacio real, sus canales, la plaza de Gutenberg y captar la vinculación del inventor de la imprenta con la ciudad, o andar por la denominada Petite-France y, sobre todo, sonreír ante la originalidad de sus motivos navideños que hacen acreedora a Estrasburgo del título de Capital de la Navidad. Por desgracia para nuestra curiosidad, los mercadillos habituales ya están cerrados a estas alturas.
Queda contemplar la ornamentación de tejados y fachadas,
observar los escaparates con amplias porciones de quesos y numerosas botellas
con vino autóctono, pasear por sus adoquinadas calles, observar su catedral
luterana o escuchar las historias de su desarrollo comercial y de, a la par, la
austeridad de sus habitantes, que convierte a la región de Alsacia en una de
las que más renta per cápita tiene de Francia. Y dejar libre el ánimo por sus
calles. Eso sí, con la capucha, la bufanda y los guantes bien calados al
cuerpo.
La ciudad da para sacarle más partido del que lo conseguimos
hacer. Por ejemplo, andando por la parte que acoge a instituciones de la Unión
Europea. No obstante, en esta ocasión no será. La escasez de luz diurna y el
frío obligan a escoger y a dosificar esfuerzos. Este viaje se centra más en el
carácter histórico y navideño de las localidades que visitamos, incluida la
capital de Alsacia.
Subimos al coche no sin antes comprar dos porciones de queso
alsaciano, uno verde al pesto y otro blanco con trufa, a un precio bastante más
elevado del que pensábamos y atraídos por una degustación previa en la visita
guiada. Con ese avituallamiento, volvemos a cruzar la frontera (en este caso,
como al aterrizar, con control policial incluido, aunque no nos paren) y nos
dirigimos a nuestro hotel en Waldulm. Hoy toca cena hogareña, con el queso
alsaciano y vino de la Selva Negra.
Baden-Baden
Último día. Amanece pasadas las ocho de la mañana con más
nieve en calles y bosque que en los días anteriores. Esto no significa
temperaturas más bajas, sino paisaje más blanco y mayor precaución en la
conducción. Nos lo tomamos con calma para salir del hotel Faxe, en Waldulm,
porque la jornada anima a dar un último paseo entre los viñedos. La bella
panorámica supera el rigor del frío, aunque no por mucho tiempo. Nos sentamos a
tomar un chocolate en el horno local y una de sus especialidades de bollería
repleta de vainilla.
Nos despedimos de nuestro alojamiento, un hotel de planta alpina, con alrededor de 40 habitaciones y espacios comunes y muy acondicionado para niños, y tomamos rumbo hacia Gensbach, dentro de la misma región de Baden-Wurtemberg en el que nos encontramos. Recorremos el coqueto casco urbano casi en solitario. Posiblemente por el frío y por el día gris no hay nadie en las vías públicas. Las iglesias, vacías a estas horas, sí que están abiertas.
Paseamos por sus calles y nos sentamos a comer el clásico filete empanado schnitzel con una cerveza en un restaurante con una pulida decoración y con una sola mesa ocupada. En cuanto terminamos la propietaria nos trae la cuenta con aviso de cierre del local. Son las 14,30 horas.
Nos dirigimos a Baden-Baden, aunque lo hacemos por una
carretera de montaña para parar antes en un castillo -el de Eberstein-
reacondicionado como hotel de cuatro estrellas, con un restaurante de una
adjudicada por la guía Michelín.
Por fin, en Baden-Baden, encontramos un extenso y totalmente ambientado (y no saturado) mercado navideño, con sus casetas de madera que ofrecen desde gofres a vino caliente, pasando por salchichas, jabones o chocolate, entre un amplio repertorio. Se encuentra situado junto al Casino, uno de los edificios característicos de Baden que solamente se puede visitar por la mañana, con lo cual nos lo perdemos excepto la sala de entrada.
Mientras caminamos entre los puestos sintiendo el típico y
peliculero ambiente navideño, con la figura de Papa Noel o Santa Klaus
omnipresente y el color rojo como dominante en casetas de madera y fachadas, empieza
a llover aguanieve. La tormenta va arreciando, lo cual, al mismo tiempo, otorga
un encanto especial al momento y aumenta la incertidumbre por el frío y el
riesgo en la conducción.
Antes de marcharnos nos sentamos en una cafetería a tomar la
tarta de manzana típica, la apfelkuchen, caliente. Nos la sirven acompañada de
frambuesa, nata montada, tarrina con vainilla caliente y bola de helado también
de vainilla. Nos sentamos en una especie de terraza de la cafetería, junto a un
calefactor que, dada la intensidad del frío, apenas calienta, y contemplando el
panorama de la lluvia de nieve fina.
Cuando salimos las calles están blancas. Pisando con sumo
cuidado para no resbalar, nos dirigimos hacia nuestro vehículo, que encontramos
de un color albo que oculta su negro característico. Conducimos con lentitud,
entre coches parados, el asfalto tapado por la nieve y la lluvia densa que no
cesa. Poco a poco llegamos al aeropuerto de Baden-Baden.
Devolvemos el vehículo y pasamos el control de seguridad,
que lo gestiona la propia compañía Ryanair en un aeroparque que ha hecho suyo
(o le ha dotado de animosa vida, según se mire). Con la tempestad de nieve
fuera, la pantalla de la puerta 5, la de nuestro vuelo a Valencia, advierte de
45 minutos de retraso. Son las 20,15 horas. Veremos.




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