Etiquetas

sábado, 10 de enero de 2026

Por Alsacia y Selva Negra (III): Friburgo de Brisgovia

El siguiente día lo centramos en una ciudad: Friburgo de Brisgovia, que no a secas Friburgo como la urbe suiza. Amanece en nuestro pueblo de acogida poco después de las ocho de la mañana, con todo el exterior cubierto por una lisa capa de nieve. El día emerge grisáceo. La cuesta coger el tono. Vamos confirmando que aunque parezca despejado, hasta alrededor de las 12 horas no suelen desaparecer del todo la bruma ni los restos de escarcha y nieve que circundan las carreteras.

Nos hacemos con algo de bollería y chocolate caliente para llevar en el horno de Waldum y ponemos rumbo a la histórica localidad del sudoeste de la Selva Negra que, como ligeramente comprobaremos cuando nos aproximemos, disfruta de un clima más templado que la media alemana. Esto, a finales de diciembre, significa que hoy alcanzaremos en algún momento los dos grados sobre cero de temperatura.

Aunque los aparcamientos del centro, de la zona universitaria, están llenos, conseguimos dejar nuestro vehículo en el lateral de una calle bastante bien ubicada, muy cerca del teatro. Pronto nos percatamos de que el cogollo urbano resulta sencillo de transitar por su tamaño reducido.

Nos encaminamos, en primer lugar, hacia su monumento principal, la catedral que logró superar el bombardeo que asoló Friburgo en 1944, con su enorme torre campanario que requiere ascender 330 peldaños para coronarlo, sus tres órganos musicales, su mezcla de estilos barroco y gótico o sus espectaculares vidrieras. Me recuerda a la de Reims por su imponente planta.

En la plaza que la circunda se abre un concurrido mercado de puestos ambulantes entre los que priman los alimenticios, como los especializados en tofu, patatas fritas, crepes o las típicas salchichas como grandes protagonistas. Más tarde nos haremos con una caja de patatas con la presentación de carne denominada ‘pulled pork’.

Nos adentramos en estrechas callejuelas para desembocar en el puente de madera que sube desde Schwabentor, una de las torres que ejercían de entrada a la urbe y que todavía sobreviven. Desde allí giramos por una pasarela de madera y ascendemos hasta la montaña de Schlossberg, lo que nos supone unos diez minutos de paseo.

Así nos situamos en la atalaya donde en el pasado hubo un castillo y que en la actualidad sirve, en línea recta con la torre de la catedral, para captar la panorámica de este municipio que aglutina a unos 250.000 moradores.

Retornamos al entorno universitario, bastante desangelado en los días navideños por no haber clase, y nos sumamos a una visita dirigida por Fernando, un animoso guía madrileño al que le gusta declamar y que reside desde hace 12 años en esta localidad. Con él pasaremos las próximas dos horas y media.

Recorremos el trazado que ya habíamos atravesado con anterioridad, aunque al citado Fernando le tienen prohibido ofrecer explicaciones en el interior de la Catedral, contemplamos las fachadas de los tres antiguos ayuntamientos, los blasones de las ciudades con las que se halla hermanada Friburgo (entre ellas, Granada) o el espacio llamado con este nombre tan estereotipado ya de Pequeña Venecia. En la práctica supone un tramo de canal sin navegación que posee, como singularidad, en su espacio más ancho la escultura de una cabeza de cocodrilo ejerciendo de dique.

Por cierto, una de las singularidades de la localidad la constituye la red de pequeños canales -similares a acequias-, que abarca 16 kilómetros, que en invierno no arrastra agua y que pasa por los laterales de las calles, o por el centro en algunas, con riesgo de traspiés.

En la visita guiada, también a modo de detalle original, Fernando nos da -o, con más precisión, nos presta- un pequeño monedero con motivos regionales para, al final de la visita, depositar en él, de manera más discreta, el dinero que queramos entregarle. También nos regala -en este caso sí- una hoja con sus números de teléfono y recomendaciones culinarias y patrimoniales.

Ateridos de frío ya estamos todos cuando nos despedimos de él. Lo hacemos dirigiéndonos a una cafetería cercana para adquirir una porción de tarta Selva Negra, la genuina, la que lleva cereza y licor de esta fruta, con un sabor más fuerte y menos azucarado que la comercializada habitualmente fuera de Alemania.

Con ese regusto retornamos a nuestro alojamiento. Bueno, con ese y con el del delicioso sabor del zumo natural de manzana que suministran en dos puestos callejeros de nuestra pequeña localidad. Se encuentran totalmente iluminados y consisten básicamente en una estantería abierta a la calle, sin atención personal y con surtido fundamentalmente de mermeladas, vino y zumo. Eliges lo que quieras y depositas por la ranura de una caja fuerte el valor monetario que marca en la etiqueta de cada producto.

No hay comentarios:

Publicar un comentario