Nos hacemos con algo de bollería y chocolate caliente para llevar en el horno de Waldum y ponemos rumbo a la histórica localidad del sudoeste de la Selva Negra que, como ligeramente comprobaremos cuando nos aproximemos, disfruta de un clima más templado que la media alemana. Esto, a finales de diciembre, significa que hoy alcanzaremos en algún momento los dos grados sobre cero de temperatura.
Aunque los aparcamientos del centro, de la zona
universitaria, están llenos, conseguimos dejar nuestro vehículo en el lateral
de una calle bastante bien ubicada, muy cerca del teatro. Pronto nos percatamos
de que el cogollo urbano resulta sencillo de transitar por su tamaño reducido.
Nos encaminamos, en primer lugar, hacia su monumento
principal, la catedral que logró superar el bombardeo que asoló Friburgo en
1944, con su enorme torre campanario que requiere ascender 330 peldaños para
coronarlo, sus tres órganos musicales, su mezcla de estilos barroco y gótico o
sus espectaculares vidrieras. Me recuerda a la de Reims por su imponente planta.
En la plaza que la circunda se abre un concurrido mercado de puestos ambulantes entre los que priman los alimenticios, como los especializados en tofu, patatas fritas, crepes o las típicas salchichas como grandes protagonistas. Más tarde nos haremos con una caja de patatas con la presentación de carne denominada ‘pulled pork’.
Nos adentramos en estrechas callejuelas para desembocar en
el puente de madera que sube desde Schwabentor, una de las torres que ejercían
de entrada a la urbe y que todavía sobreviven. Desde allí giramos por una
pasarela de madera y ascendemos hasta la montaña de Schlossberg, lo que nos
supone unos diez minutos de paseo.
Así nos situamos en la atalaya donde en el pasado hubo un
castillo y que en la actualidad sirve, en línea recta con la torre de la
catedral, para captar la panorámica de este municipio que aglutina a unos
250.000 moradores.
Retornamos al entorno universitario, bastante desangelado en
los días navideños por no haber clase, y nos sumamos a una visita dirigida por
Fernando, un animoso guía madrileño al que le gusta declamar y que reside desde
hace 12 años en esta localidad. Con él pasaremos las próximas dos horas y media.
Recorremos el trazado que ya habíamos atravesado con
anterioridad, aunque al citado Fernando le tienen prohibido ofrecer
explicaciones en el interior de la Catedral, contemplamos las fachadas de los
tres antiguos ayuntamientos, los blasones de las ciudades con las que se halla
hermanada Friburgo (entre ellas, Granada) o el espacio llamado con este nombre
tan estereotipado ya de Pequeña Venecia. En la práctica supone un tramo de
canal sin navegación que posee, como singularidad, en su espacio más ancho la
escultura de una cabeza de cocodrilo ejerciendo de dique.
Por cierto, una de las singularidades de la localidad la constituye la red de pequeños canales -similares a acequias-, que abarca 16 kilómetros, que en invierno no arrastra agua y que pasa por los laterales de las calles, o por el centro en algunas, con riesgo de traspiés.
En la visita guiada, también a modo de detalle original,
Fernando nos da -o, con más precisión, nos presta- un pequeño monedero con
motivos regionales para, al final de la visita, depositar en él, de manera más
discreta, el dinero que queramos entregarle. También nos regala -en este caso
sí- una hoja con sus números de teléfono y recomendaciones culinarias y
patrimoniales.
Ateridos de frío ya estamos todos cuando nos despedimos de
él. Lo hacemos dirigiéndonos a una cafetería cercana para adquirir una porción
de tarta Selva Negra, la genuina, la que lleva cereza y licor de esta fruta,
con un sabor más fuerte y menos azucarado que la comercializada habitualmente
fuera de Alemania.
Con ese regusto retornamos a nuestro alojamiento. Bueno, con ese y con el del delicioso sabor del zumo natural de manzana que suministran en dos puestos callejeros de nuestra pequeña localidad. Se encuentran totalmente iluminados y consisten básicamente en una estantería abierta a la calle, sin atención personal y con surtido fundamentalmente de mermeladas, vino y zumo. Eliges lo que quieras y depositas por la ranura de una caja fuerte el valor monetario que marca en la etiqueta de cada producto.




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