En las inmediaciones del recinto portuario de Valencia, a escasos cientos de metros de las playas del Cabanyal o de la Malvarrosa, en el lugar que vio desplazarse a velocidad de Fórmula 1 a los vehículos de las escuderías que competían en el circuito urbano que tuvo la ciudad… en este emplazamiento el Circo del Sol (o Cirque du Soleil si utilizamos el francés quebenquense de sus fundadores, en 1984, en Canadá) prepara sus últimas sesiones.
Durante un mes ha instalado su enorme carpa frente al Mediterráneo para ofrecer al público valenciano un espectáculo ya clásico de la empresa, Alegría, presentado en 1994, aunque esta vez lo ha hecho con una visión actualizada. Esto, en el Circo del Sol, supone una vuelta más de tuerca a ingenio, vestimenta, acrobacias y sorpresas.
Esta semana, en concreto el domingo 28, se despedirá de la
ciudad del río Túria ajardinado, del Miguelete, de la Lonja o del puerto que
más tráfico de contenedores mueve en España. Lo hará para seguir con su gira
que lo llevará a Sao Paulo primero y luego a Curitiba, en Brasil, para después
desplazarse a Chile y seguir sumando espectadores que en lugares como la
japonesa Tokio (que, al igual que la alemana urbe de Dusseldorf precedieron a
Valencia en orden cronológico) superaron los 300.000.
La carpa instalada en la metrópoli valenciana el pasado 18
de mayo recibe al público con refrigerios y todo tipo de objetos de recuerdo de
la compañía de origen canadienses, desde camisetas hasta gorras o cubos que
inicialmente sirven para contener palomitas pero que su diseño polifacético les
permite ser reaprovechados para otras múltiples tareas.
Una vez traspasada esa entrada se abren las que ya conducen
al espectáculo en sí, la de las butacas divididas por secciones, las que se
sitúan frente a la enorme y multifuncional (a lo largo del espectáculo experimenta
diversas aperturas) tarima.
El público puede entrar a partir de 15 minutos antes. Lo hace con el tiempo justo para sentarse a disfrutar de una actuación que empieza rigurosamente puntual, que contiene una pausa de 25 minutos exactos y que finaliza pasadas -por 300 segundos- las dos horas.
Con más dosis de humor de las habituales debido a la
actuación constante de dos cómicos que despiertan múltiples sensaciones sin
necesidad apenas de recurrir al lenguaje, el Circo del Sol exhibe el repertorio
visual y acrobático que lo caracteriza. La interpretación queda hilvanada por
la historia de un supuesto reino que se desintegra tras un vacío de poder que
permite a un bufón hacerse con un mando efímero, con el movimiento por derrocarlo
y reconstruirlo que ello genera.
En cualquier caso, el argumento únicamente sirve para
atisbar el envoltorio, el hilo teórico, ya que en la práctica, como siempre
ocurre cuando se asiste a una actuación del Circo del Sol, el disfrute y la
admiración se basan en contemplar saltos acrobáticos increíbles a cargo de
atletas brillantes, interpretaciones musicales de gran nivel vinculadas a aquellos,
indumentaria con mil detalles y colores… y un largo etcétera en el que nunca
falta ese ¡Oh! que en algún momento sale espontáneamente de la boca del
espectador. El de la asombro seguido de un sentido aplauso. Quizás sea esa la
secuencia más lógica, la de las palmas de satisfacción.
Artículo publicado también en tragourmet. Podrás leerlo ahí pinchando este enlace


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