La sed que me dejó el bocadillo de jamón que comí en el aeropuerto (comprado a propósito en el Mercado Central) y la estrechez del espacio entre butacas provocaron que las dos horas y cuarenta y cinco minutos de vuelo entre Valencia y Tenerife se me hicieran largas. El libro que tenía entre mis manos, con un argumento de futuro postapocalíptico, tampoco lograba que el tiempo transcurriera con mayor rapidez.
Sea como fuera, el avión de Ryannair aterrizó en el
aeropuerto de Tenerife Norte sobre las seis de la tarde, hora -por supuesto-
canaria. Con la rapidez habitual en esta compañía, Cicar nos entregó el coche
de alquiler. Se trata de un Opel Corsa gris que nos iba a acompañar, o, escrito
con más precisión, llevar, en los próximos días.
Con él nos desplazamos hacia Puerto de la Cruz, donde nos alojamos en un apartahotel -de nombre Casablanca, como la cercana metrópoli marroquí-. con piscina incluida para darnos los primeros chapuzones al aire libre de 2025 en un lugar con clima tan paradisíaco como las Islas Canarias. Cada vez que vienes te entran más ganas de repetir. La atención amable y profesional al turista acrecienta ese sentimiento.








































