Cuatro horas en Granada. Será el tiempo que estemos en la ciudad de la Alhambra, aunque sin visitar su monumento más emblemático porque no existe disponibilidad de reserva de entrada para ese día ni el anterior ni el posterior. Nos conformaremos con parte del resto, que no es poco.
Después de un trayecto de casi dos horas desde el corazón de
las Alpujarras y con una parada ante un aviso del vehículo de baja presión de
los neumáticos, nos dirigimos al ombligo urbano, al entorno de la catedral.
Para nuestra desgracia -que luego quedará demostrado que no lo es tanto- todos
los aparcamientos están completos, por lo que decidimos emprender la subida
hacia sus miradores y terminamos dejando el vehículo por la calle Puerta de los
Leones, casi en la cima de la ciudad nazarí.
Desde allí, siguiendo el consejo de una abuela admiradora de
su urbe que estaba haciendo picnic con su nieto, buscamos la calle Verea de
Enmedio, en la que nos insiste que se encuentra el mejor ejemplo del fulgor del
Sacromonte. Descendemos del mirador de San Miguel entre chumberas y
pantagruélicas plantas de aloe vera, entre las improvisadas callejuelas que
pasan ante las espontáneas terrazas de las cuevas.

















