La primera parada la hacemos en el casco urbano de Pollença, que da para un paseo por la zona antigua coronada por la iglesia de la Virgen de los Ángeles, con su enorme rosetón y, sobre todo, las llamativas pinturas en su parte superior. Sorprende. El golpe en la rodilla no permite la subida al calvario y sí que induce a buscar una farmacia de guardia donde comprar una crema calmante.
Lo segundo no resulta sencillo. Al ser un día festivo, solamente está de guardia la de Cala San Vicenç, a unos seis kilómetros del núcleo tradicional. Hasta allí nos desplazamos para encontrarnos con que la farmacéutica nos dice que no tiene ninguna de las marcas habituales y sí que nos ofrece como única alternativa otra con cannabis como ingrediente destacado e incluido en su propia denominación, a precio estratosférico. Aprovecha el monopolio farmacéutico en este día.
La cala, pequeña, tiene su encanto e invita a un corto paseo
y a un oteo del mar. Más largo lo hacemos ya en el puerto de Pollença, aunque
las nubes que tapan constantemente los rayos de sol y el viento gélido no
inducen a disfrutar de terrazas. Es la Mallorca invernal. Y el atractivo de
mayor renombre de la isla lo conforman, precisamente, su costa y playas.
Caminamos lo que podemos y comemos en uno de sus locales unas pizzas anodinas.

























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